¡A lucir escotazo, mientras se pueda!

De nuevo por aquí, mis Desastrosas. Hoy toca recordar lo maravilloso que era estar embarazada…sí, no estoy siendo irónica. Sé que cada mujer y cada embarazo es un mundo, sin embargo, la mayoría de ocasiones hablamos de lo paupérrimo que fue el nuestro y de lo mal que lo pasamos durante el tiempo que duró. Pero, biológicamente está comprobado que durante el periodo de gestación, tenemos unos cambios hormonales que nos hacen estar MÁS GUAPAS, MÁS DIVINAS Y MÁS MARAVILLOSAS, si cabe.

Independientemente de si vomitas o no, si se te hinchan los pies, las manos o los ojos. Independientemente de los daños colaterales que suframos durante el embarazo, está demostrado, científicamente hablando, que nuestro cuerpo experimenta una mejora considerable en esa borágine hormonal a la que nos enfrentamos mientras tenemos a nuestro bebé en el vientre. Y a mí eso nadie me lo había contado, porque sólo me habían hablado de calamidades varias por las que debería pasar durante las 40 semanas de gestación. Ostras, que parecía que me estaba alistando para la guerra, me acojonaron viva.

Porque realmente hay madres, muchísimas, que lo pasan fatal, pero suelen ser las que se quejan menos y aceptan resignadas su sino con la ilusión de ver a su bebé sano. Hay otras que directamente te plantean un panorama nefasto, del que nunca podrás salir. En serio, viví el miedo.

Total, que nadie me habló de las ventajas de estar embarazada y para que no les pase a generaciones venideras, aquí tenéis mi humilde aporte para la posteridad.

Ya de primeras, a mí me supuso una mejora que yo nunca podría haber soñado, ni en mis mejores sueños. Pelazo. Si queréis saber mis vicisitudes con mi pelazo, leed aquí.

Segundo: escotazo. Otro sueño para una «pocojuntas» que en sus mejores tiempos ha tenido una 90 y con relleno. La de vestidos con escote que me pude poner, ¡fueron mis glorias!Aunque después de la lactancia, los tuve que regalar, ya no había sitio para mí en ellos. El tiempo que estuvimos juntos fue inolvidable.

Tercero: piel radiante, sana y fantástica. Ni cremas ni nada. A pelo, así de natural y espectacular. ¡Cómo molaba!

Cuarto: las uñas…fuertes y sanas. Tened en cuenta que este manojo de nervios que soy, no se sostiene solo. Por algún lado tengo que fogar. Me he mordido las uñas cerca de 30 años, pero tras ver el milagro en mis dedos, me dí cuenta de que había otro mundo más allá de falanges tipo ceporros y padrastros. En mi primer embarazo dejé de morderme las uñas y aún sigo. Bravo por mi bebé, consiguió lo que mi madre no pudo lograr jamás, ni a base de escarmientos varios (que yo me pasaba por el forro, claro).

Quinto: dieta y ejercicio saludable. Debido a mi trabajo, muchas veces ni comía, o no lo hacía sanamente. Además, llegaba tan cansada a casa que no me planteaba salir a hacer deporte, ya que me apetecía una duchita y descansar. Con la gestación, procuras cuidarte en todos los sentidos (ya no sólo te cuidas tú) y aprendí a darme caprichos saludables y a buscar un ratito diario, aunque sólo fuera para hacer ejercicio moderado.

Mi salud en general me lo agradeció, entre otras cosas porque dejé de fumar a lo bestia y de golpe. Ni mono ni ná, tan divinamente. Bueno, debo apuntar que me inflé de chocolate en todas sus variedades, con la consecuente subida de peso, casi cerca de los 20 kilos, pero tan divinamente.

Y como me sentía fenomenalmente guapa y radiante, llena de energía, con ganas de comerme el mundo antes de que llegara mi bebé y porque no sabía lo que me esperaba (menos mal que lo hice), lo último vino rodado: la líbido por las nubes. Fue una época de la que el Señor Grey mucho tendría que aprender de la menda lerenda (burrerías aparte), salvo por las limitaciones que mi volumen astronómico me obligaba a ceder. Vosotras me entendéis.

Pero en el cuerpo lo llevamos y que nos quiten lo bailao.

¿Y vosotras, mis Desastrosas? ¡Contadme!

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.